Cuando anochece espero confiarte de una vez todo el espanto que hay de día en mi pecho. No es obsesivo gusto por la vida plena del dios sin tiempo; ni es el miedo a perder el poder y la magia del poeta: miedo a la muerte y al olvido. Lo que me pone el corazón pequeño cuando anochece y estoy contigo, a solas, es oírme las dóciles palabras que te ocultan que miento cuando te digo que aún no tengo miedo
Afuera sigue la ciudad y yo renuncio a su fulgor debajo de tu lengua. Parezco triunfador y rehén tu campamento: allí se me adhiere tu venda de muslo fiel y urgente, y me muerde tu llama: ocupación de un adiós en vacaciones. La historia se quedó en el traje, tirada por la noche en una silla, pero desnudos sólo quiero ese nombre que te oigo con la boca, sólo la intermitente estatua a dos ombligos y ese mapa de venas donde no me extravío. Contemos en la mañana las condecoraciones que nos dejó la noche con sus mordeduras, cúbrelas con el despojo usual de mi camisa, vísteme de solitario, de viudo, de soltero, y devuélveme a los demás (anoche me olvidé de su abstinencia al entrar en tus anillos), y niéguenme tus abras, écheme tu forma, rehágase con una sola espalda. Y que pueda yo salir -lunes de cada día- a completar la libertad entre los dos, cópula apenas comenzada.
Aunque después la tierra nos proteja hasta de todo, menos de su abrazo que desintegra y pulveriza y verdaderamente mata. Aunque un día la luz se nos nublo para siempre (la de aquí abajo, digo). aunque entonces ya estaremos tranquilos muy encerraditos en una caja con su /forro de seda – pobre seda que ha pudrirse pronto y se caerá a pedazos sobre lo que aún nos queda de nosotros.
Aunque eso no importa. No importa, porque quedan nuestros versos Nuestro amor a la luz que sigue ardiendo, Al amor mismo, a lo que hemos tocado Y besado y guardado en el bolsillo Y en el cajón del escritorio Y la hojita de yerba en aquel libro Y todo, lo que fuimos Lo que hemos de seguir siendo
Hasta que un día, una vez, alguien pregunte ¿Qué es esto?, ¿Quién lo guardo?, ¿Para qué? ¿Cuándo? Y entonces ya de verdad habremos muerto.
Hace unos pocos días, y a raíz de una entrada de Helly Raven en su blog (http://raven666.cubava.cu/) sobre Bob Dylan y el nobel de literatura que recientemente le fue otorgado, conversaba con Duda.
Me comentaba esta amiga, que para ella, Dylan era un poeta que musicalizaba sus textos; para hacer explícito sus argumentos, mientras charlábamos me hacía llegar fragmentos de sus letras, por suerte para mí en español (mi inglés es tan pésimo como mi distorsionada noción del tiempo).
“Nunca te diste vuelta a observar los ceños fruncidos De los malabaristas y payasos que hacían trucos para ti Nunca entendiste que no es bueno Dejar que otra gente reciba los golpes que son para ti”.
(…)
“¿Cómo se siente? ¿Cómo se siente? Estar completamente solo, sin saber el camino a casa Ser un completo desconocido, como una piedra que rueda”.
No pude disentir, Bob Dylan es un poeta, lo afirmo.
Afortunadamente, el suyo no es un caso aislado y mucho menos raro, muchas veces me he visto en el dilema de no saber en cuál de estas categorías (músico o poeta) colocar a más de un canta autor; bien podría pasar esta madrugada fría, nombrando a poetas que cantan o a cantantes que hacen poesía y siempre habría de faltarme alguno.
Bastaría tomar la letra, sólo la letra de “Quien fuera” de Silvio o “Y sin embargo” de Sabina, o para ser más contemporáneos “Como ratos para el olvido” de Polito o “Luna a medias” de D’corazón para sentir esa carga poética que se transpira de estas letras… sé que es casi imposible desligar la música de estos textos (que no peco de llamar poemas), pero es sin dudas la letra, quien las convierte en iconos de la poesía y la canción.